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jueves, 17 de julio de 2014

Buscar lo positivo


Van Gaal, siempre positivo.
"Conviene observar que, al ordenar nuestros pensamientos e imágenes, debemos siempre fijarnos en lo que cada cosa tiene de bueno, para, de este modo, determinarnos siempre a obrar en virtud del afecto de la alegría". (Espinoza, Ética, V, prop. X, escolio).

Es un clásico en la literatura de autoayuda y en las charlas de café ante una situación negativa aquello del "hay que buscar lo positivo". Mas no por tratarse de sabiduría popular o de psicología "barata" la recomendación deja de tener validez; ya hemos visto que del asunto también trató Espinoza en el siglo XVII. Profundicemos un poco más:

1.- Emociones

Cuando se nos presenta una situación considerada adversa o dañina para nuestra persona o para nuestros intereses lo primero que experimentamos es una serie de emociones o sensaciones que pueden ir desde la tristeza a la ira, pasando por el miedo. Estas emociones en principio no tienen por qué ser negativas, simplemente son. Y son el producto de esa situación en nosotros, su reflejo en nuestro interior.

Lo negativo es su persistencia. Es normal sentir tristeza ante la muerte de un familiar; es normal sentir miedo, asco e ira ante un despido. Pero la persistencia de esas emociones en nosotros, pasado un plazo relativamente razonable, se convierte en un bloqueo, algo que no nos permite superar la situación, algo que nos estanca.

La emoción nos sorprende, nos coge desprevenidos sin que podamos hacer nada por evitarlo, pues depende de muchos factores y sobre todo de una cierta estructura neuroendocrina configurada a lo largo de toda nuestra vida y a través de nuestras experiencias. Sin embargo, contra la persistencia de la emoción sí podemos actuar. Mas para ello hemos de cambiar el foco o cambiar de perspectiva.

2.- Razones

Y ese cambio de perspectiva consiste, precisamente, en "buscar el lado positivo" de aquello que nos entristece o nos enfurece. Para ello es necesario pararse a analizar la situación, un análisis que requiere de cuantos más elementos o aspectos mejor. Pues a mayor cantidad de aspectos a tratar más relativo se hace el punto de vista que nos bloquea.

Si estamos tristes o enfadados porque un amigo ha discutido con nosotros (y lo ha hecho sin razón aparente) deberemos buscar una posible causa, deberemos mirar qué hemos hecho nosotros para que haya podido pensar mal. Es más, aunque no se nos ocurra tal causa, el mero plantearse esta posibilidad genérica nos cambia el talante para poder entablar una conversación con nuestro amigo en la que se puedan aclarar las cosas. Quizá no sea éste un ejemplo de buscar el lado positivo, pero sí de cambio de perspectivas, es decir, no nos quedamos en la simple discusión, sino que vamos más allá, retrocedemos a sus posibles causas.

Si hemos tenido un accidente y estamos en casa con la pierna escayolada de poco vale lamentarse y deprimirse por el tiempo que vamos a perder de trabajo, de deporte, de actividades, etc. Habrá que buscar lo que podemos hacer para ocupar ese tiempo de un modo lúdico o productivo. Podemos tomárnoslo como un período de descanso, un período de lecturas atrasadas, un período para pensar...

Si nos han despedido tampoco nos sirve de mucho el quedarnos en casa deprimidos pensando en qué va a ser de nosotros y de nuestra familia, de nuestros hijos... Ser despedido hay que verlo como una oportunidad para ocupar el tiempo (el que nos deje la demanda contra la empresa) en un sin fin de actividades, desde la urgente búsqueda "activa" de trabajo a las actividades lúdicas (si nos ha quedado prestación por desempleo o tenemos unos ahorros), las formativas (para encontrar un nuevo empleo) e incluso las empresariales (crear nuestra propia empresa); tiempo para dedicarlo a la familia, etc.

Y si hemos cometido un fallo o hemos tenido un fracaso que no podemos enmendar y que no tiene objetivamente nada de positivo siempre lo podremos considerar desde el aspecto "subjetivo" del conocimiento y la perspectiva del pasado/futuro, es decir: ante este fracaso, qué enseñanzas he obtenido, qué he aprendido que me sirva para no volver a cometer ese error en un futuro.

Se suele decir que una crisis (término tan de moda últimamente) es un tiempo de cambios y de oportunidades. El término crisis procede del griego "kríneín", que significa cribar, separar, analizar. En una crisis económica se criban las empresas y sectores y se quedan sólo las válidas para el siguiente ciclo. En una crisis personal se criban las costumbres de una persona dejando las que sirvan para una nueva fase (o adoptando nuevas); pero esa criba suele ser un producto consciente de análisis sobre la vida de uno mismo.

Resumiendo, se podría decir que debemos analizar las situaciones (en busca de los aspectos positivos) a lo largo de dos ejes cruzados: las relaciones personales, yo-otros, y las relaciones materiales, yo-cosas (entre ellas el dinero, gustos, actividades, trabajo). Y una vez encontrados los aspectos considerarlos desde el punto de vista cognoscitivo (aprendizaje obtenido o por obtener) y temporal (pasado/futuro).

3.- Voluntad

Es este último punto también de vital importancia para salir del estancamiento: las decisiones que adoptemos de cara al futuro. Porque las más de las veces no basta con ver las causas y las soluciones a un problema. Hay que ponerse a solucionarlo: "el movimiento se demuestra andando". Y es que (ya lo hemos dicho en otras pinceladas) las emociones no cesan con el simple cambio de perspectiva, éste es el momento inicial de un movimiento, de un conjunto de (nuevas) actividades en cuya inmersión, poco a poco, irán desapareciendo nuestros anteriores sentimientos negativos, siendo sustituidos por los aspectos positivos y ahora sí efectivos (no simplemente posibles) de nuestra "nueva" vida.

Pero para ello, no nos vamos a engañar, hace falta fuerza de voluntad, voluntad de seguir adelante, voluntad de vivir: "La mayor gloria no es nunca caer, sino levantarse siempre" (Nelson Mandela).

Levantarse siempre, con razones o sin ellas, aunque siempre será más fácil con ellas. Pero es que casi siempre es necesario levantarse para ver con qué se ha tropezado.

Mandela

jueves, 7 de noviembre de 2013

El sumo bien

El sumo bien es un alma que desprecia las cosas azarosas y se complace en la virtud, [...] una fuerza de ánimo invencible, con experiencia de las cosas, serena en la acción, llena de humanidad y solicitud por los que nos rodean.

(Séneca, Sobre la felicidad).

Séneca

jueves, 5 de septiembre de 2013

Libertad


¡Oh, libertad gran tesoro! porque no hay buena prisión, aunque fuese en grillos de oro”, clama Don Juan, personaje de La niña de plata, obra de Lope de Vega.

Dejemos por el momento a Don Juan y a Dorotea y comencemos distinguiendo dos conceptos ya clásicos de libertad popularizados por Isaiah Berlin en su famosa conferencia de la cátedra Chichele: la libertad negativa y la libertad positiva (se puede descargar la conferencia aquí).

Libertad negativa o “libertad de” es la que poseemos cuando nadie nos presenta trabas a nuestra acción. “Libertad de culto”, “libertad de cátedra”, “libertad de expresión”, “liberación de la mujer”, etc., tienen este sentido: nadie nos prohíbe la profesión de una determinada religión, o del modo de enseñar de un profesor o la expresión de nuestras opiniones (con algunas salvedades, como los insultos o injurias). La libertad negativa es la ausencia de impedimento por parte de otros hombres, pero no por parte de la naturaleza: no tiene sentido decir que no somos libres de volar como los pájaros, pues nuestra libertad depende de lo que podamos hacer sin impedimentos a partir de nuestra condición; si no tenemos alas no podemos volar. 

La libertad positiva o “libertad para” es la capacidad que tenemos “para” proponernos fines y realizarlos. Como ya se podrá imaginar ambos conceptos están íntimamente ligados (aunque no sean lo mismo): la libertad negativa sólo puede existir si existe la positiva; sólo nos daremos cuenta de que tenemos grilletes (ausencia de libertad negativa) si queremos e intentamos movernos (libertad positiva). Libertad positiva es un sinónimo de “voluntad libre” o “libre albedrío” (término sobre el cual ya hemos hablado en la pincelada sobre la voluntad), sin embargo y pese a las advertencias de los filósofos, tiende a confundirse con la voluntad individual o personal, sin distinguir si ésta es racional, autónoma. Es decir, se suele entender por libertad positiva aquella voluntad que se experimenta como propia, sin coacción externa, al margen de su racionalidad. 

Fue Kant el que mejor sistematizó la diferencia entre la voluntad racional y la que no lo es a través de los términos “voluntad autónoma” (racional) y “voluntad heterónoma” (la que procede de los apetitos, deseos, inclinaciones, o de otros individuos y normas sociales). Pero esta distinción queda borrada con el vitalismo e irracionalismo de Nietzsche y su “voluntad de poder”. Las reivindicaciones sociales de los 60, especialmente en el movimiento Hippie y en Mayo del 68, con su exaltación del deseo, lo que hicieron fue reclamar la libertad negativa que surgía de ese modo de entender la voluntad y la  libertad positiva, así que al final (siglo XXI) hemos llegado a un concepto de libertad similar al de “hacer lo que a uno le dé la gana”, lo que hasta hace poco se denominaba, en castellano, “libertinaje”. 

Ahora bien, ¿no existe un término medio entre la liberación completa del deseo, propugnada por los ascetas de todas las culturas antes que por Kant (aunque decir esto de Kant es decir demasiado) y el libertinaje nietzscheano? Pues parece que no, parece que se trata de un todo o nada, lo cual tampoco es preocupante si ese término medio lo situamos en el ámbito de la libertad negativa, es decir, en el “qué nos dejan hacer y qué no”. Desde este punto de vista John Stuart Mill en su ensayo “Sobre la Libertad” ya había previsto como poner coto a dicho libertinaje: desde su concepción utilitarista de la moral, la libertad positiva podría ser todo lo heterónoma o irracional que se quisiera mientras que su puesta en práctica no causara daño a ningún otro individuo; es aquel famoso “mi libertad termina donde empieza la de los demás”. 

Y aquí surge un problema: ¿qué se entiende por daño? Es evidente (al margen de relativismos absurdos) que la violación de una mujer es un daño para ella; también lo son el asesinato o los ataques físicos, pero si entramos en el terreno de la moral y las emociones, la distinción es más complicada:
  • Si dos personas homosexuales caminan juntas de la mano haciendo “ostentación” de su condición sexual, ¿pueden producir un daño moral a los ancianos? ¿Y a los niños? ¿Y si en vez de ser homosexuales son drogadictos?
  • Y si nos vamos de casa con la oposición de nuestra madre. ¿Podemos causarle un “daño emocional” que acabe en depresión?
  • Y si abandonamos a nuestra pareja por otra persona. ¿No le causaremos un daño emocional?

Todos estos, y muchos más, son ejemplos de ejercicio de la libertad que tienen repercusiones “dolorosas” sobre los otros. Pero, ¿existe algo así como un “daño moral”? ¿No estaremos mezclando cosas? ¿No sería, quizá, el daño moral a los niños sino un mal ejemplo? ¿No sería el daño moral a los ancianos sino mera indignación? ¿Acaso no existe diferencia entre dolor e indignación? Ahora bien, pongámonos en el ejemplo del abandono (de nuestra madre,  de nuestra pareja): ¿se trata de dolor o de indignación? Y si hay de ambos, ¿donde termina el dolor y empieza la indignación?

Todos estos son casos concretos en los que habría que estudiar los caracteres de las personas, los antecedentes de las relaciones, etc. Sobre todo los antecedentes, pues hemos estado obviando en el análisis la consideración del tiempo: el pasado. Cuando alguien siente como grilletes de hierro el peso de una relación y, desde diversas fuentes, se le anima a volar, no se está tomando en consideración a la otra parte, a la pareja. Por los motivos que fueran el oro se transformó en hierro. Pero mientras que los grillos fueron de oro no se sintió su peso. Y esos grillos tienen un nombre: compromiso. El compromiso es fruto de una decisión adoptada en el pasado. En La niña de plata Don Juan clama al cielo porque se ha dado cuenta de que estaba encadenado a Dorotea; sin embargo, sólo se da cuenta del peso de los grilletes cuando cree que ésta ama a don Enrique. Don Juan reivindica una libertad, la libertad de los deseos, frente a una supuesta cárcel que no era sino su propia libertad al haber asumido un compromiso. Don Juan cree roto el compromiso por parte de Dorotea y cede ante unos deseos que siempre han estado ahí.

Sin embargo el compromiso no es meramente el que surge en una pareja, los hay en todo tipo de relación personal, incluso tácitos. Si se rompe un compromiso por ambas partes no hay problema, pero si se realiza unilateralmente se causa un daño a la otra parte. Asumir un compromiso es un ejercicio de libertad, mas ¿en nombre de qué otra libertad tenemos el derecho de romperlo? Si la voluntad es autónoma el compromiso se mantiene, pues se trata de una norma que nos hemos dado a nosotros mismos, pero si la voluntad es heterónoma y se ve afectada por, digamos, los deseos sexuales hacia otras personas, el compromiso se sentirá como una cadena. ¿Cómo somos más libres? ¿Manteniendo el compromiso o rompiéndolo en busca de nuevas aventuras? Si somos kantianos diremos que manteniéndolo, si somos vitalistas o biologicistas diremos que haciendo caso a nuestras bajas pasiones, pues son imperativos animales.

Desde la idea de libertad positiva un kantiano busca liberarse de las pasiones, instintos y deseos; un biologicista, vitalista o  freudiano buscará liberarse de las normas sociales y prejuicios que constriñen al deseo. Ahora bien, ¿quién tiene más probabilidades de éxito habida cuenta de los impedimentos? ¿El que se rige por la pura racionalidad o el que está a merced de los deseos?

El problema de regirse por las pasiones es que son causa de infelicidad, ya que o bien no se consigue su objeto por impedimentos externos, o bien, una vez conseguido deja de ser deseado y se busca un nuevo objeto, es decir, siempre estamos en la búsqueda de satisfacción, siempre estamos insatisfechos. Por eso muchas enseñanzas orientales (budismo, zen…) y algunas occidentales (estoicismo) tratan de la liberación de las cadenas del deseo.

Pero regirse por la mera razón tampoco es fácil, pues no sólo existen impedimentos externos (instituciones, normas y personas que se comportan irracionalmente), sino también internos (según los más recientes estudios en neuro-psicología es sencillamente imposible comportarse de modo puramente racional, pues todo tiene un componente emocional).

¿Qué nos queda entonces?

Decíamos en la pincelada sobre la voluntad antes mencionada que la libertad es indisociable de la responsabilidad, lo cual suele entenderse como que uno es responsable porque es libre. Pero, ¿y si fuera al contrario? ¿Y si nos considerásemos libres porque somos responsables? Suele también considerarse la responsabilidad como la asunción de las consecuencias de nuestros actos porque conocemos dichas consecuencias: según la RAE, la responsabilidad es, en su cuarta acepción, la “capacidad existente en todo sujeto activo de derecho para reconocer y aceptar las consecuencias de un hecho realizado libremente”. Re-conocer es volver a conocer, es decir, saber de antemano lo que ocurrirá o puede ocurrir con la realización del hecho. Se supone que todo sujeto activo de derecho posee esta capacidad, por eso (también se supone) los niños, disminuidos psíquicos, etc. no son sujetos activos de derecho; lo cual es mucho suponer en ambos casos.

Lo que ocurre es que se está cometiendo la falacia lógica de la afirmación del consecuente: por definición, si conocemos las implicaciones de nuestros actos somos responsables; somos responsables (pues así lo consideran las leyes y la sociedad) luego conocemos las consecuencias, luego somos libres (he aquí la falacia, porque conocer las consecuencias es algo que habría que demostrar en la realidad, por muy difícil que sea, y no en el discurso). En realidad poco importa que seamos libres o no, que conozcamos las consecuencias o no; lo que importa socialmente es asumir las consecuencias: en un ataque de ira hemos herido a otra persona; no éramos libres, “estábamos poseídos”, pero hemos de pagar por ello, porque somos responsables, sobre todo responsables de aplacar nuestra ira, igual que responsables de coger un vehículo motorizado por muy borracho que se esté (y si cuando estamos borrachos o drogados no sabemos lo que hacemos somos responsables de habernos emborrachado).

La cuestión entonces es que quizá la libertad positiva no exista como tal, quizá sólo sea una idea práctica, necesaria para poder llevar a cabo procesos judiciales y, antes de ello, salvaguardar la idea de pecado en la Edad Media, pues sólo puede pecar aquel que sea consciente de que está yendo contra la voluntad de Dios y, por lo tanto, a sabiendas de las consecuencias que ello tiene. Lo importante, entonces, no es que exista libertad o deje de existir, sino que exista responsabilidad, una responsabilidad asumida o no por el individuo, pero asignada a él por la sociedad. Uno es moral y jurídicamente responsable de sus actos, conozca o no las consecuencias de los mismos, pues en función de su condición se le presupondrá dicho conocimiento.

Esto significa que antes de actuar hemos de pensar en las consecuencias de nuestros actos para ver si merece la pena o no realizarlos, para calibrar la bondad de los mismos, etc. Una vez hecho esto podemos decidir y tal decisión podrá ser denominada "libre". ¿Significa esto que un acto realizado sin pensar es menos libre? Puede que no, pues puede ser considerado como una consecuencia de la decisión de no pensar en las implicaciones de tal acto. 

Esto a su vez tiene otra consecuencia lógica: que se puede ser perfectamente libre cediendo a los deseos (siempre y cuando pensásemos en las consecuencias antes de ceder), lo cual entraría en contradicción con lo dicho en la pincelada sobre la voluntad, en la cual decíamos que se es más libre cuanto más tiempo se matenga una línea de acción contra viento y marea, lo cual también habría de ser matizado, porque podemos confundirlo con la obstinación. Mantener una línea de acción es llevar a cabo una serie de actos a lo largo del tiempo. Pero en ese tiempo las circunstancias han podido cambiar y las consecuencias de tales actos resultar perjudiciales; así pues también deberíamos reflexionar antes de actuar dentro de una determinada línea. Aún así la cuestión sigue pendiente: ¿es menos libre el que rompe un compromiso conociendo las consecuencias e implicaciones éticas de la ruptura y asumiendo su responsabilidad que el que lo mantiene, también conociendo sus consecuencias e implicaciones? 

Desde luego, a tenor de lo dicho parece que no, parece que ambos son igual de libres. Otra cuestión es que uno tenga más fuerza de voluntad que otro para mantener su palabra o que sea mejor persona por mantenerla, más responsable (en el uso coloquial que se le da a esta palabra), etc. El dilema, al final se resuelve tomando en consideración otras ideas prácticas (la moral, la fuerza de voluntad, la responsabilidad...) y no exclusivamente la idea de libertad, idea que consta de múltiples sentidos, connotaciones, conceptos, etc.

Para la cuestión que nos traíamos entre manos, entonces, la pregunta no sólo sería ¿cómo soy más libre?, sino además ¿cómo soy mejor persona? ¿Cómo soy más fuerte? ¿Cómo soy más responsable? 

Shaw constriñendo la libertad de un gato

La libertad supone responsabilidad. Por eso la mayor parte de los hombres la temen tanto (George Bernard Shaw, escritor irlandés).

martes, 23 de abril de 2013

Voluntad, IV

No en el sentir, sino en la acción.
Allí, para el ser racional y social, están el bien y el mal, la virtud y el vicio.
En la acción.

(Marco Aurelio, Meditaciones, IX-16)

Marco Aurelio (Wikipedia)

lunes, 8 de abril de 2013

Voluntad III

Si algo te es difícil de realizar, no supongas por ello que es imposible. Piensa que si algo es humanamente posible y propio, tú lo puedes lograr.

(Marco Aurelio, Meditaciones, VI-19)

Marco Aurelio (Wikipedia)

miércoles, 3 de abril de 2013

Voluntad II

"No te enfades, ni te abandones, ni pierdas la paciencia, si a menudo no consigues actuar de acuerdo con principios rectos. Más bien, después de un fracaso, vuelve a intentarlo de nuevo y alégrate si la mayor parte de tus acciones son dignas de un ser humano." 
(Marco Aurelio, Meditaciones, V-9)

  • Voluntad para proyectos y cambios en nuestros comportamientos.
  • Distinguir la voluntad del mero impulso.
  • Perdonarnos a nosotros mismos.
  • Hacernos cargo de los errores para no volver a cometerlos.
  • La voluntad sin esperanza de Sísifo.

Decíamos en anteriores pinceladas (y lo seguiremos diciendo en posteriores), que la voluntad es casi tan importante o más que el entendimiento para conseguir llevar a cabo nuestros proyectos en la vida y, sobre todo, lograr cambios en nuestros comportamientos.

Sin embargo, hemos de distinguir la voluntad del mero impulso: el impulso produce un movimiento mecánico, físico, que si se encuentra con un obstáculo se detiene o rebota (en función de la elasticidad); en cambio, el cuerpo movido por la voluntad sortea el obstáculo, lo salta, aún después de haber sido detenido o repelido, y si ha caído, vuelve a levantarse. Esta distinción es importante, ya que en todo proyecto nos vamos a encontrar con situaciones adversas y con pequeños fracasos que debemos superar si no queremos que se conviertan en el fracaso del proyecto. La voluntad se hace cargo del fracaso, del error cometido, para lanzarse de nuevo en pos del objetivo con fuerzas renovadas.

Especialmente importante en este sentido es la indulgencia para con uno mismo cuando cometemos un error en el proceso de cambio de un comportamiento, es decir, cuando en una situación concreta no hemos logrado comportarnos como esperábamos. Hemos de perdonarnos ese error para no desfallecer en la empresa global, un perdón que a semejanza de la confesión católica sólo puede llegar tras un examen de conciencia, un dolor de los pecados y un propósito de enmienda. En ese examen y en ese propósito se encuentra además un elemento imprescindible: la inteligencia. La voluntad se hace cargo del fracaso para lanzarse de nuevo, no sólo con fuerzas, sino con inteligencia renovada, y así evitar caer más veces en ese tipo de errores.

No obstante, a veces debido a nuestra falta de luces, a veces debido a distintas circunstancias, no es posible evitar el obstáculo y nos vemos obligados a chocar no dos, sino cien veces contra la misma roca (o más bien contra rocas parecidas) y cien veces debemos levantarnos y continuar nuestro camino como si de Sísifo, el héroe trágico, tratásemos. Así lo expone Albert Camus:

"...su esfuerzo no terminará nunca. Si hay un destino personal, no hay un destino superior, o, por lo menos no hay más que uno al que juzga fatal y despreciable. Por lo demás, sabe que es dueño de sus días. En ese instante sutil en que el hombre vuelve sobre su vida, como Sísifo vuelve hacia su roca, en ese ligero giro, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierten en su destino, creado por el, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado por su muerte. Así, persuadido del origen enteramente humano de todo lo que es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha" (El mito de Sísifo).

Previamente, Camus, ha explicado que Sísifo carece de toda esperanza para lograr su empresa, dejar la roca en lo alto de la montaña. Y eso es lo que le convierte en un héroe trágico. En buena hora íbamos nosotros a andar subiendo una roca para verla luego rodar montaña abajo... Salvo que la roca sea una metáfora de, por ejemplo, el amor, la justicia, la ética o cualquier otra de las grandes ideas prácticas, ideas por las que merece la pena luchar sin esperanza. Sin esperanza, pero con inteligencia. Sin esperanza, pero con corazón.

(Sobre la esperanza hablaremos en la próxima pincelada)






jueves, 28 de febrero de 2013

Emociones

"No somos responsables de las emociones, pero sí de lo que hacemos con las emociones" (Jorge Bucay).

Cuando hablamos de filosofía práctica, hablamos de utilizar la filosofía para solucionar problemas de índole práctica, es decir, que nos afecten en nuestra vida, normalmente nuestra vida social y personal. Cuando hablamos de problemas prácticos no nos estamos refiriendo a problemas meramente técnicos, como cambiar un enchufe o desinfectar el ordenador, aunque la forma de enfrentarnos a estos problemas técnicos sí puede requerir un cierto enfoque filosófico. Ante un problema se ponen en juego las tres facultades del alma: sensibilidad (emociones), entendimiento y voluntad.

¿Cuándo detectamos que tenemos un problema? Cuando experimentamos una emoción que nos saca de nuestro "estado emocional normal" (y lo ponemos entre comillas porque hay algunos estados emocionales normales que en sí son un problema, por ejemplo cuando alguien sufre de estrés, ansiedad o depresión). A partir de ese momento, el momento en el que experimentamos ese "algo", se ponen en marcha unos mecanismos de respuesta, "lo que hacemos con las emociones", como dice Bucay. Estas respuestas pueden ser adecuadas o no al problema: la emoción que surge tras la presencia inesperada de un perro amenazante puede ser la misma que la experimentada en una reunión con el jefe, pero la respuesta no debe ser la misma, ni en el caso de que queramos atacar, ni en el caso de que queramos huir, ni en el caso de que queramos aplacar a la fiera.

Las emociones son unos sentimientos que produce nuestro sistema neuro-endocrino como respuesta interna ante una situación externa; dichos sentimientos preparan la respuesta externa (atacar, huir, agazaparse, etc.). Las emociones son producto de un mecanismo de defensa de los homínidos que ha resultado evolutivamente adaptativo en un entorno natural hostil. Sin embargo, ese entorno ha cambiado (al menos en las sociedades occidentales más avanzadas) y las emociones no son siempre adecuadas al nuevo entorno. Por ello, como dice Daniel Goleman, el autor de La Inteligencia Emocional, "la habilidad de hacer una pausa y no actuar por el primer impulso se ha vuelto aprendizaje crucial en la vida diaria".

Para solucionar un problema de una forma adecuada, es decir, razonable (facultad del entendimiento), debemos pararnos a reflexionar sin dejarnos llevar por el primer impulso, por las emociones. Pero ello no significa que debamos desentendernos de éstas y arrinconarlas, sino todo lo contrario, debemos incorporar las emociones en nuestro análisis racional del problema, pues normalmente son parte del mismo, por ejemplo, si una situación externa nos causa un sentimiento negativo el problema no se circunscribe exclusivamente a la situación exterior, sino que también involucra nuestra relación con esa situación, nuestros sentimientos hacia ella. Invirtiendo la famosa cita de Ortega, podríamos decir que la circunstancia (el problema) es la circunstancia y mi yo.

Y para incorporar las emociones al análisis lo principal, el primer paso, es reconocer las emociones que nos asaltan, ponerles un nombre, lo cual no siempre resulta fácil, sobre todo si no tenemos práctica, pues no hace falta saber qué nos pasa internamente para reaccionar ante algo, basta con sentir; pero sí hace falta saberlo para reaccionar de un modo adecuado o proporcionado. En términos neurocientíficos se diría que es necesario que el circuito neurológico que va del sistema límbico (sede de nuestras emociones) al sistema locomotor pase por el neocórtex.

Ortega y Gasset

Para esto es necesario conocer los tipos de emociones que existen, tipos sobre los cuales las diferentes escuelas de psicología no se ponen de acuerdo, aunque exista un cierto consenso sobre las básicas: alegría, tristeza, aversión, amor, ira, miedo, sorpresa, vergüenza... Estas emociones casi nunca se presentan en estado puro, sino que suele existir una mezcla entre ellas; además se producen con diferentes intensidades y hay que tener en cuenta el objeto que las produce o al que están dirigidas: el amor, por ejemplo, puede oscilar desde la simple aceptación hasta el enamoramiento más arrebatador y esta diferencia de intensidades puede deberse a las diferentes personas a las que se dirija, desde un compañero de trabajo a nuestra madre, hijos o pareja; pero también puede oscilar en intensidad cuando se refiere a la misma persona y ello depende de diferentes factores (comportamiento de la otra persona, nuestro estado interno determinado por otras causas externas o internas, etc.).

No es fácil ponerle nombre a nuestras emociones, pero es muy necesario para comprender lo que nos pasa y para actuar en consecuencia: es muy común confundir la ansiedad (una forma de miedo) con el hambre y muchos casos de desórdenes alimenticios tienen esta raíz; se come para calmar la ansiedad. Entre las acciones más importantes a tomar se encuentra el comunicar a otras personas eso que sentimos, comunicárselo antes de actuar: decirle que no te ha gustado su comportamiento, que te has sentido atacado... (aunque lo cierto es que ese sentimiento es ya un sentimiento elaborado y derivado de otro más primario: ira, indignación o irritación).

Una vez que hemos detectado las emociones implicadas en un problema llega el momento de analizar el problema a fondo incorporando al análisis estas emociones, es decir, incorporándonos a nosotros mismos como parte del problema. El análisis conllevará la necesidad de incorporar, además, diversos puntos de vista sobre el problema, lo cual ya requiere un cierto esfuerzo de distanciamiento del mismo o la ayuda de otra persona (profesional o no).

Posteriormente llegará el momento de solucionar el problema, para lo cual se requiere la tercera de las facultades, la voluntad, ya que no es fácil cambiar hábitos y menos los emocionales. No es fácil, pero es posible. Y si es posible, Bucay no lleva razón en la primera parte de la cita con la que habríamos esta pincelada. Si nos enojamos (ira) cuando el jefe nos pide algo de malas maneras, podemos cambiar esa emoción intentando comprender que quizá él está presionado por sus superiores y que, en realidad, no pretende atacarnos, ni nos menosprecia, ni nada por el estilo, simplemente es el eslabón de una cadena que transmite la presión laboral. Esta comprensión no basta para dejar de experimentar ira cuando nos vuelva a "atacar"; hay que hacer un esfuerzo (voluntario) de traer cada vez a la mente esta idea, "ejercitarla" hasta que se convierta en un hábito y dejemos de enojarnos (todo lo cual no obsta para que en un momento dado podamos hablar con él para que abandone sus malas maneras; pero hay que hablar sin enojo, con calma y serenidad).

"La esencia es aquello que nos hace sentir", dicen en un anuncio de BMW con grandes pretensiones filosóficas. Evidentemente se están refiriendo al objeto externo que produce nuestra emoción. Pero, ¿y si "aquello que nos hace sentir" también estuviera en nosotros? ¿Y si también fuéramos nosotros mismos? ¿Y si fuera nuestro carácter? "La esencia no cambia", dicen en el mismo anuncio. ¿Estamos seguros? ¿Acaso no podemos cambiar? ¿Estamos condenados siempre a sentir de la misma manera? Ya hemos visto que no.

domingo, 17 de febrero de 2013

Voluntad


"El porvenir de un hombre no está en las estrellas, sino en la voluntad y en el dominio de sí mismo". Bonita frase de Shakespeare que, sin embargo, sólo es verdad para aquellos que efectivamente ejercen su voluntad.

El concepto de voluntad ha sido tratado ampliamente a lo largo de toda la historia de la filosofía y podríamos simplificar diciendo que las discusiones se centran en averiguar si la voluntad es un apetito sensible más (como el hambre o el deseo sexual) o si, por el contrario, se trata de un apetito racional, es decir, determinado por la razón, de modo que tendría más que ver con la libertad que con el instinto.

La mayoría de los filósofos de la antigüedad se decantan por la segunda opción, igual que los de la Edad Media, aunque estos lo hacen ante todo para mantener el concepto de “pecado” inherente a la doctrina cristiana o musulmana (en el judaísmo es más complicado). Sin embargo, con el racionalismo moderno y sus conceptos de “causalidad” y “razón suficiente”, los conceptos de “libertad” y “voluntad” se debilitan. A ello hay que añadir después las investigaciones de las ciencias sociales y psicológicas para terminar concluyendo que el espacio en el que juega la voluntad, como voluntad libre, es muy reducido.

Pero al margen de las disquisiciones teóricas sobre si nuestra voluntad es libre o no, lo que a nosotros nos preocupa es el aspecto práctico de la cuestión: entonces, si no soy libre… ¿puedo hacer lo que me dé la gana? Pues parece que no, ya que existe policía y jueces para los cuales la libertad y la responsabilidad de los actos es un punto de partida que, como mucho, podrá tener ciertos eximentes que habrá que demostrar.

Sartre
Y aquí hemos dado con la piedra de toque del asunto: la responsabilidad de los actos. La libertad (la voluntad libre) es indisociable de la responsabilidad, y negar la responsabilidad de nuestras acciones es, como decía Sartre, un acto de mala fe; negar la voluntad libre es un acto de mala fe. Todas y cada una de nuestras decisiones son decisiones libres (otra cuestión es que no nos paremos a reflexionar sobre lo que vamos a hacer y actuemos por instinto o por costumbre, pero en tal caso seremos responsables de no pararnos a pensar).

La voluntad es, pues, una facultad que permite orientar nuestras acciones en un sentido u otro (y no sólo las acciones, sino también los pensamientos). En la práctica, lo que nos interesa es poder modificar nuestras actitudes y nuestras costumbres y para ello hace falta fuerza de voluntad. Estos cambios no se logran de la noche a la mañana, sino a través de un arduo trabajo.

"Hace más el que quiere que el que puede", “la voluntad lo puede todo”, se oye muchas veces por ahí, como eco simplificado de la voluntad de poder de Nietzsche. Bueno, no es exactamente que lo pueda todo, pero mucho sí, aunque hay que darle su tiempo. Podemos desprendernos de los kilos que nos sobran en el cuerpo, pero hace falta voluntad, trabajo, disciplina (no creemos en las dietas milagros, nos dan pavor las clínicas de estética, y como tampoco queremos enfermar no vamos a dejar de comer de la noche a la mañana, así que se requiere tiempo). Podemos aprobar los exámenes que nos echen, pero hay que echarle tiempo de estudio, hay que hincar los codos durante muchas horas. Podemos ser más felices, pero hemos de convencernos todos los días de que tenemos lo necesario para serlo, que no nos falta nada; hemos de proponernos realizar las tareas que nos gustan para evitar los pensamientos negativos… Todo esto requiere un trabajo de la voluntad.

Y es que, en efecto, otra de las piedras de toque para saber si existe la voluntad libre es comprobar que durante mucho tiempo, años incluso, hemos mantenido una línea de acción contra viento y marea; podemos haber dado bandazos, pero siempre hemos terminado por corregir el rumbo: el entrenamiento deportivo, terminar una carrera universitaria, ir todos los días a trabajar… Muchas de estas actividades terminan convirtiéndose en hábito, en costumbre. Este es, precisamente, el triunfo de la voluntad: convertir en fácil y repetible lo que antes resultaba difícil y ocasional. Y de ahí el sentido que tiene la cita de Shakespeare que hemos puesto al comienzo: si mantenemos una dirección en la vida es porque estamos gobernando nuestro destino, no estamos a merced de los elementos.